CAPITULO 1. El Regreso (El Retiro)
Parecía que había transcurrido una eternidad cuando aquella fría mañana del treinta y uno de diciembre, Stefano Catanei paseaba por el parque del Retiro completamente deprimido. Se encontraba solo una vez más.
La sensación era agridulce pero le resultaba agradable encontrarse solo ante el peligro:
- Las cosas importantes de la vida se deben realizar en soledad - pensó.
Mientras caminaba, pateaba las hojas del suelo pensando cómo era posible que le hubiesen robado de ese modo tan sencillo. Recordaba aquellos documentales en los que se veía como explosionaban un edificio antiguo. Cuanto tiempo para construir y que poco para destruir, tantos esfuerzos para construir ELIPSE, su empresa, y tan sólo seis meses para perderla, exactamente el periodo de tiempo que había permanecido en Estados Unidos con el objetivo de mejorar su inglés.
Siempre le había resultado curioso el concepto venganza. Había pensado en ella como algo lejano, en lo que nunca tendría que reparar. En estos momentos, bloqueado mentalmente, no sabía exactamente por qué, ese era el único pensamiento que le rondaba, una y otra vez, en su cabeza.
-La venganza se sirve en plato frío. ¿Es justa la venganza? Y en caso de que sea justa, ¿sería él capaz de llevarla a cabo? - pensó.
De momento, ni en frío ni en caliente, ni justa ni injusta.
Estaba paralizado, incapaz de ver cómo solventar el problema en que, desde hacía una semana, se encontraba inmerso.
Con ese panorama era imposible plantearse venganza alguna.
Hacía decidido hacer tiempo hasta que llegase la hora de coger el avión para pasar el último día del año con su madre y hermanos.
Stéfano Catanei, nacido en Milán hacía treinta y siete años, residente en España desde que sus padres se trasladaron a Vitoria en el sesenta y nueve, estaba de nuevo en Madrid.
Metro noventa de estatura, cuerpo bien proporcionado, atlético pero no demasiado musculoso, más bien fibroso, tez cetrina, pelo moreno y ondulado. Aquel día con gafas de sol que impedían ver sus ojos marrón verdoso, su nariz, ni muy fina ni muy gruesa le daba un aire gracioso, aniñado tal vez.
Las mujeres, y sobre todo Marta, la secretaría de Teótimo Guasch, uno de sus socios, se sentían fuertemente atraídas por la figura de Stéfano.
De todos los rasgos de su físico, al margen de sus ojos y la mirada que de ellos se desprendía, el que más le gustaba eran sus labios, moderadamente gruesos y siempre brillantes y que habían realizado siempre un importante trabajo a la hora de convencer con sólidos argumentos a la mayoría de los interlocutores con los que se había enfrentado hasta la fecha. Ni este atributo ni la imagen que desprendía su físico, y que tanto le había servido en su vida, le iban a servir para nada en las circunstancias actuales. Se sentía con su autoestima por los suelos, sin saber qué hacer, que camino seguir, a quién acudir, en definitiva se sentía derrotado.
Mientras paseaba, iba repasando mentalmente los acontecimientos ocurridos en la última semana.
Recapituló.


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